De opinión


RETORNO VS REPOBLACIÓN


Un día de repente, pongamos un 31 de marzo, nos despertamos con la idea de que en España existían verdaderas lagunas poblacionales, algunas muy extensas, y que habíamos descuidado el llamado “mundo rural” a cambio de condensar el desarrollo en las grandes urbes. Lo habíamos hecho sin poder evitar con políticas activas que ese mundo sucumbiera ante la falta de recursos, de expectativas, en un goteo continuo de emigración, tan ignorado como imparable.

De repente, despertamos en una disputa de términos para describir el fenómeno -España vacía-vaciada-abandonada-olvidada-...- y en la redacción de cientos de folios, mítines, reportajes y arengas, llamando la atención sobre la gravedad de la situación y la necesidad imperiosa de atajar el desequilibrio por vía social y política.


La Revuelta 31M


Cientos de portadas, de cartas al director, de debates, se fueron apagando al mismo ritmo que las campañas electorales cargadas de promesas, que la aparición de partidos y plataformas tendentes a enfrentar la despoblación-repoblación, preferiblemente a través de la vía política excluyente. El silencio de hoy no está justificado en la adopción de medidas fiscales que favorezcan el emprendimiento, tampoco en unos presupuestos generales que apenas han crecido con destino a la España Necesitada, ni en unas inversiones estatales o autonómicas en infraestructuras y servicios que se alargan en el tiempo. Hasta hay quien empieza a sospechar que, en realidad, a los actores económicos les viene mejor que el vaciamiento continúe mientras echan cuentas sobre plantas de renovables o macro-explotaciones ganaderas, agrarias, mineras o hídricas, mientras echan cuentas sobre la despensa de la España Desarrollada y especulativa.

En cualquier caso, el debate sobre la despoblación ha decaído. No tanto en torno a sus causas, que se dan por sabidas y evidentes, sino en torno a una solución drástica, decisiva y efectiva. Quizá esa solución resulte gravosa, o no dé votos, pese a ser más de la mitad de la superficie del país la afectada. La elementalidad del efecto “acción-reacción” ha devaluado los términos y parece que ya nos conformarnos con eso de “contra la despoblación, repoblación”, quedándose la cosa en proponer una inmigración interna, también de migrantes extranjeros y de otras culturas, sin acabar de visualizar que, mientras las condiciones sean las mismas, la población no se asentará, venga de donde venga.

Una sucesión de políticas erróneas, desde el primer desarrollo industrial, los sucesivos planes de desarrollo, privilegios estratégicos arbitrarios o la devaluación de los recursos naturales, han ido motivando la diáspora en muchos territorios. Para muchos autóctonos suponía el desarraigo en la distancia e incluso el abandono de propiedades, su venta infravalorada o su cesión. Los más agraciados, que son los menos, han podido mantener un contacto, siquiera periódico. Se les distingue porque pagan las rondas por vacaciones, se ríen a carcajadas con los viejos amigos y con cierta pedantería impostada sugieren a los residentes cómo se deberían hacer las cosas en el pueblo. La verdad es que nadie mejor que ellos, y quienes ni siquiera pueden volver en estos días, saben sobre las causas de la despoblación y de su remedio. Detrás de esa imagen, a veces de coche o de casa de alquiler, quizá se distinga la añoranza o un deseo indisimulado de retorno, una vez cumplido su servicio en la metrópoli. Posiblemente, no se haya valorado suficiente por parte de todos el drama que debió suponer el verse obligados a abandonar la tierra de sus antepasados, entregar su trabajo y, en muchos casos, el tributo de su descendencia en lugares lejanos.

De otro lado están quienes pudieron resistirse al éxodo. Quienes pudieron ganar en oxígeno habiendo menos pulmones alrededor para respirar, quienes pudieron mantener el usufructo de lo común y ampliar sus pastos o tierras de labor en las liquidaciones por abandono. Quienes mantuvieron vivas las lindes de poblaciones condenadas a muerte, con su trabajo y resistencia, y en muchos casos han procurado el mantenimiento y han frenado el deterioro en las obras públicas. Nada que objetar. Esta dedicación les ha podido otorgar la condición de gestores del vecindario y de su ámbito, también la facultad de poder nombrar como “forasteros” a quienes un día se fueron y establecer las normas para su reinserción si un día lo solicitaran. Son supervivientes, convertidos en custodios. E independientemente de las iniciativas, de los mecanismos, de las ineludibles acciones que las administraciones superiores prevean poner en marcha, son ellos quienes en última instancia pueden abrir espacios a la repoblación, o al retorno.

A lo largo del tiempo, buena parte de los emigrados habían emprendido tan lejos que sus posibilidades de volver se hacían mínimas. Muchos de ellos yacen en sus destinos, unos en la resignación, otros en el olvido despechado de sus raíces. Algunos, aún mantienen sus esperanzas del regreso con la vida hecha, antes o después. Casi todos, alimentando en sus hijos la memoria de “su tierra” como prolongaciones de una estirpe que nunca la debió abandonar. Y los hay que ya han emprendido su particular vuelta a casa, rehabilitando sus bienes y sus raíces, evidenciando su intención de retomar, o emprender, su actividad en la vida social del lugar.

No resulta fácil reintegrarse. Las circunstancias tampoco han mejorado mucho. Aquella escuela poblada y bulliciosa hoy está cerrada. El médico no pasa por las casas y hay que ir a visitarlo a unos kilómetros, de mala carretera, en la cabecera de comarca. La cercana estación de tren nunca se recuperó y se levantaron las vías. El autobús de línea ha reducido sus frecuencias. La imprescindible comunicación vía móvil o Internet solo cubre la parte más alta y solo en una orientación. Se pueden compartir las carencias, colaborar en solucionarlas, pero es más difícil compartir ahora los réditos que hubieran podido generar, o estén generando, los bienes del común o de las sociedades que un día se tuvieron que abandonar, así como recuperar la voz en los órganos de gestión del concejo. Esto ayudaría a la reinserción. Recibir al hijo pródigo. Facilitarle un espacio.

No es solo pesimismo. Visto lo visto en estos últimos años, se puede dar por amortizado aquel interés que, de repente, llenó portadas y discursos políticos. En manos de los partidos, las soluciones se reducen a meras aritméticas electorales. A las administraciones centrales les preocupan más otro tipo de agendas que la propia de un Pacto de Estado contra la Despoblación, hoy por hoy imprescindible. La repoblación es imposible si no se ofrecen algo más que unos mínimos recursos económicos de subsistencia y ni qué decir en cuanto a empresas y emprendedores independientes de “lo macro”. Se precisa de una apuesta integral. Todos lo sabemos.

Mientras tanto, y a falta de “cartas puebla” o compensaciones fiscales, a falta de infraestructuras y comunicaciones, a falta de la provisión de servicios mínimos, a falta de inversión y apoyo al emprendimiento, lo único que nos puede acercar al concepto manido y recurrente de la repoblación es facilitar el retorno, abrir espacios a aquellas personas o familias a las que todavía les une un invisible cordón umbilical, un sentimiento intangible que les acerca a la vida y a los paisajes de sus antepasados, que han mantenido con orgullo el riego de sus raíces. De la misma manera que el Estado devuelve la nacionalidad a los descendientes lejanos en otros países, devolverla aquí, con generosidad, en cada rincón de nuestros desiertos demográficos.

Santy San Esteban
ASP/ADSC/AAC







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